LA FE Y LA RAZON
Nos encontramos ante un tema rabiosamente actual: la relación
entre razón secular y fe cristiana. Es un tema frecuente y habitual
en el debate de la cultura actual y en los medios de comunicación.
Se entabla una auténtica batalla entre la fe y la razón, entre
la ciencia y la creencia, por supuesto esta última subjetiva e
irracional. La religión es la causa de todo fanatismo, de toda
violencia y de todos los males, que solo pueden atajar la razón y la
ciencia. Algo parecido se presentará al gran público en películas
como Ágora, en la que la filósofa Hipatia de Alejandría
es asesinada por unos cristianos fanáticos. Planteamientos parecidos
los encontramos también –decíamos– en toda la Ilustración
moderna o en el new atheism, el nuevo ateísmo de Hawking y
Dawkins.
Vamos a ver tres puntos en este desarrollo: 1) la razón en los
primeros cristianos; 2) la razón en la modernidad; y, en fin, 3) la
propuesta de Joseph Ratzinger, lógicamente respecto a la razón.
I. La razón en los
primeros cristianos
¿Qué podemos decir ante todo esto, ante todas estas acusaciones
que se ciernen sobre el cristianismo? En primer lugar, podríamos
acudir a la misma historia y proponer modelos como santa Catalina de
Alejandría, patrona de los filósofos: una joven que fue martirizada
por defender racionalmente la fe. Joseph Ratzinger recuerda otras
figuras de la antigüedad cristiana como san Justino, en su polémica
con Celso, quien también fue martirizado, o san Clemente de
Alejandría, san Agustín o tantos otros padres de la Iglesia que han
defendido la importancia de la razón, a pesar de que algunos podrían
considerarla –exagerando un poco– “la peor enemiga de la
religión”.
Por el contrario, los primeros cristianos prefirieron la razón,
en vez de refugiarse en el mundo de lo mítico y lo simbólico.
Hubiera sido más fácil para ellos aliarse con las religiones
orientales, abiertas, sincretistas y tolerantes. Cristo podía ocupar
un lugar más dentro de sus panteones, altarcillos o templos para
muchos dioses. Sin embargo, los primeros cristianos apostaron por el
aliado más difícil: la filosofía. ¿Por qué?
El tema de la razón es un clásico en la teología de Joseph
Ratzinger. Aparece ya en su tesis doctoral sobre san Agustín, quien
formuló el famoso aforismo: credo ut intelligam, intelligo ut
credam. Creo para entender mejor, y pienso para poder creer más
y mejor, podríamos traducir. A lo largo de toda su obra, tal como
intenté explicar en el libro: Joseph Ratzinger. Razón y
cristianismo (2005), el teólogo alemán recordaba la apuesta
comprometida por parte del primer cristianismo a favor de la razón y
la filosofía, sus más difíciles adversarias con las que sin
embargo se avino a dialogar y a encontrar una difícil armonía.
La poesía y la política han sido continuas fuentes de
inspiración para las religiones de todo el mundo. El cristianismo no
siempre (o no solo) ha actuado así. Por un lado, el cristianismo ha
luchado siempre por mantener su independencia del poder estatal, de
separar (a pesar de errores, avances y retrocesos) la Iglesia del
Estado, para poder dar así al César lo que es del César, y a Dios
lo que es de Dios. No ha querido convertirse en una religión civil,
en una religión al servicio del poder político.
Es cierto que la fe cristiana asumió la poesía como fuente de
inspiración por ser una constante universal (piénsese en los cantos
y en los himnos de la liturgia), pero el cristianismo fue un poco más
allá. El cristianismo desde los primeros tiempos quiso aliarse
también con la ciencia y el pensamiento, además de con el arte, la
poesía y la música. Como acabamos de ver, en el ámbito intelectual
la religión cristiana apostó por lo más difícil: confrontarse con
la filosofía pagana, con el pensamiento secular, con el logos
griego, que era entonces la elaboración racional más completa, y
que todavía ahora nos da qué hablar.
Para los primeros cristianos y a diferencia de nuestros
románticos, poesía y razón no estaban enfrentadas. De hecho, en la
misma biografía de Ratzinger hay dos instancias, dos defensas contra
la opresión de la tiranía nazi en su infancia: por un lado la
liturgia, que le abrió las puertas del misterio; y después la
razón, pues debía defenderse de los continuos ataques que recibía.
La razón y la liturgia, el misterio y la racionalidad fueron pues
para el joven Ratzinger dos defensas y dos vías de acceso al
misterio.)
El cristianismo cuenta además –como decíamos– con dos armas
poderosas e inseparables, que son la fe y la razón. Juan Pablo II
habló en la encíclica Fides et Ratio de las dos alas –la
fe y la razón– que nos llevan en el vuelo hacia la verdad. Por un
lado, la fe cristiana ha de seguir pensando y haciendo ciencia, y no
ha de refugiarse en un cómodo simbolismo o en el misticismo de lo
inefable. Toda persona puede hablar de Dios. Es cierto que la mística
y el símbolo son de gran importancia en la religión cristiana
(piénsese en la Biblia o en la liturgia, tal como hemos mencionado),
pero Dios llega también a esas otras esferas tan prestigiosas en la
vida, como lo son la cultura, la ciencia y el pensamiento.
Tal vez la presencia de san Pablo en el Areópago de Atenas sea un
símbolo en este sentido: Pablo habla a los atenienses del dios
desconocido, de ese dios que tan solo conocen por la razón, y les
anima a tener un conocimiento más completo y pleno a través de la
fe en Jesucristo resucitado. La religión cristiana se ha aliado
siempre con la razón; es lo que Ratzinger ha llamado "la
victoria de la inteligencia" en el mundo de las religiones.
Dicho de otro modo: la verdad tiene derecho de ciudadanía en
todos los campos del saber. También la verdad en plenitud, encarnada
en la persona de Jesucristo. «En el principio era el Logos»: el
prólogo del evangelio de Juan es uno de los pasajes más citados por
el teólogo Ratzinger. Él es el Logos divino, origen de todo logos
humano y, por tanto, también de la razón. Con este mismo título,
la verdad cristiana ha de encontrar un acuerdo con las verdades que
se obtienen a través de la ciencia o de la razón.
Que la razón sea algo bueno y necesario no supone ninguna
novedad, a no ser que nos internemos en el irracionalismo de
Nietzsche y sus epígonos posmodernos (de los que sin embargo
podríamos extraer algunas enseñanzas positivas, como veremos). Pero
la razón moderna es una razón pequeña, limitada, mutilada, afirma
Ratzinger. Así, por ejemplo, la Ilustración tomará dos elementos
típicamente cristianos –la razón y la libertad– y los
interpretará a su manera, de un modo algo reductivo, así como el
romanticismo hará lo propio con el amor, ofreciendo una versión tan
solo emotivista y sentimental.
II. La razón en la modernidad
Así, la razón y la religión han permanecido alejadas durante
toda la modernidad, tal como se puede ver en un rápido repaso por el
pensamiento moderno alemán. Por ejemplo, Lutero defendió una
teologia crucis en la que la fe no tuviera nada que ver con
la razón, a la que dirigió terribles palabras. Kant confirmó más
adelante en sede filosófica este abismo entre la fe y la razón, a
la vez que elaboraba un concepto determinado de razón: la razón
pura separada de la razón práctica. Por otra parte, el filósofo de
Königsberg encerraba la religión dentro de los límites de la
razón, como buen ilustrado que era.
Hegel por su parte pondrá a la razón por encima de la religión,
a la vez que mantenía esa separación entre misterio y racionalidad.
El también berlinés Schleiermacher enunciará su teoría de la
religión como expresión del sentimiento, en la que no cabe la más
mínima interferencia racional. Lo emotivo y sentimental será
sinónimo de lo religioso. Nietzsche y Heidegger seguirán en esta
línea, hasta el punto de que este último filósofo decía que la
filosofía cristiana es un hierro de madera, es decir, un círculo
cuadrado, una contradicción en términos. En esta misma tradición
de separación entre fe y razón se encuentran también Kierkegaard,
Harnack, Bultmann, Barth y otros tantos pensadores y teólogos de
origen sobre todo protestante. (Por cierto, sobre esto iba el
discurso de Ratisbona, y no sobre el islam).
Cuando Ratzinger realiza sus primeros estudios, se encuentra con
este ambiente intelectual que domina en Alemania. Por el contrario,
él mismo ve cómo en los «tres grandes maestros» (así llamaba a
san Agustín, santo Tomás y san Buenaventura) se da también esta
armonía entre razón y religión que se encontraba ya en los padres
de la Iglesia y en el pensamiento de los primeros cristianos. Entre
sus lecturas de juventud, se encuentra por ejemplo la figura de John
Henry Newman, quien encontró este equilibrio entre fe y razón
–superando el empirismo inglés– en su búsqueda de la verdad.
También su maestro Gottlieb Söhngen había hablado de la
importancia de la razón en el cristianismo. De hecho mantuvo un
interesante debate con Karl Barth sobre este tema, quien había
afirmado que no se hacía católico precisamente por la analogia
entis, es decir, por separar también fe y razón, que para él
constituían dos instancias irreconciliables.
En una antigua conferencia en Bonn pronunciada en 1959 y titulada
“El Dios de la fe y el Dios de los filósofos” (1959), un
jovencísimo profesor Ratzinger declaraba que el problema es tan
antiguo como «el estar fe y filosofía la una junto a la otra» .
Recuerda entonces el famoso Memorial de Blaise Pascal, cosido en el
forro de su casaca y descubierto en la noche del 23 al 24 de
noviembre de 1654, al morir el científico y pensador francés. Allí
estaba escrito: «Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de
Jacob, no el Dios de los filósofos y los sabios».
El matemático y filósofo Pascal había experimentado al Dios
vivo, al Dios de la fe, y en tal encuentro vivo con el tú de Dios,
«comprendió qué distinta es la irrupción de la realidad de Dios
en comparación con lo que la filosofía matemática (de un
Descartes, por ejemplo) sabía decir sobre Dios». Si la filosofía
de aquel tiempo –el racionalismo de Descartes, especialmente– era
una filosofía desde el esprit de la géometrie, los Pensamientos de
Pascal procuran ser una filosofía elaborada desde el esprit de
la finesse: desde la comprensión de la realidad entera, que
penetra en ella con más profundidad que la abstracción matemática.
Se trata por tanto de una superación de la mera razón
matemática, como vendrá después repitiendo nuestro teólogo una y
otra vez. El Dios de los filósofos ha de entrar en diálogo con el
Dios de la fe. Si el cristianismo ha rechazado el gnosticismo y el
pensamiento hermético, opta entonces claramente por la razón, el
diálogo y la universalidad. También los sabios deben ser
evangelizados. El cristianismo se muestra abierto y permeable a la
razón. De este modo, las relaciones entre fe y ciencia escogerán el
camino de la armonía final, a pesar de sus evidentes diferencias y
divergencias (y en esto Ratzinger recordará la armonía entre ambas
que había propuesto Tomás de Aquino).
«La filosofía seguirá siendo una cosa distinta con su propia
entidad, a la que se refiere la fe para expresarse en ella como esa
otra cosa y poder así hacerse comprensible». La filosofía será
entonces una excelente colaboradora de la teología. La diferencia y
la armonía entre fe y razón es, por tanto, posible. El Dios de
Abraham, Isaac y Jacob será un Dios apelable
con el que podemos hablar y al que podremos acceder –tal vez de
un modo más lejano pero real– por medio de la razón. No hay pues
un abismo, sino un puente (quizá bastante largo y algo arriesgado de
cruzar, pero puente al fin y al cabo) entre la fe y la razón, entre
el Dios de la fe y el Dios de los filósofos. El Logos
divino quiere contar con el logos humano.
III. La propuesta de Joseph Ratzinger
Este era uno de los primeros textos sobre este controvertido tema,
pero desde entonces, Ratzinger no ha parado de recordar la
importancia de la razón en el cristianismo. Esta alianza entre razón
y religión no es sin embargo una exclusiva de lo cristiano. Por
ejemplo, Ratzinger recuerda cómo en la misma traducción de los
Setenta se unen fe y razón, el logos griego con el dabar
bíblico, como se suele decir. Atenas y Jerusalén pueden convivir
juntas. A esas ciudades se unirá después Roma, cuando surja el
cristianismo.
Pero es lógico que esta síntesis entre fe y razón –entre lo
griego y lo bíblico– sea posible, pues todo acto de fe tiene un
momento racional. El creer no implica dejar de pensar. Nuestra fe no
es un credo quia absurdum, un salto al vacío, hacia lo
irracional: no es tirarse de un avión sin paracaídas. Como decía
Antoni Gaudí en una ocasión, cuando le preguntaban unos canteros
cómo debían representar la fe: «¡Con los ojos cerrados no: con
los ojos abiertos! La fe no nos impide el pensar».
Fe y razón en continua búsqueda de una posible armonía. Ambas
miran en la misma dirección: hacia la verdad. La propuesta del
cardenal Ratzinger era además de lo más ambiciosa: conseguir «una
nueva Ilustración», que a su vez requiere una nueva razón. Al
igual que los primeros cristianos consiguieron esa difícil síntesis
entre fe cristiana y razón secular, también nosotros hemos de hacer
ahora algo parecido. Pero para esto se requiere un nuevo concepto de
razón: no la razón matemática, calculadora, racionalista o
positivista, sino una nueva razón abierta, ampliada.
¿A qué? Ampliada y abierta al mundo del arte, de la ética, de
la religión e incluso de los sentimientos. Eso sí, sin dejar de ser
razón, de ser plenamente racional, valga la redundancia. En este
sentido, el concepto de razón que proponía el cardenal Ratzinger
–como decía el también cardenal alemán Walter Kasper– es más
posmoderna que moderna. Esta nueva razón puede traer consigo una
nueva Ilustración, una nueva síntesis entre razón y religión,
razón secular y fe cristiana. Y en estas estamos, sostenía
Ratzinger.
Por último, quisiera hacer mención a un acontecimiento que fue
importante en su momento, y que todavía mantiene una total vigencia.
Se trata del encuentro entre Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, en
Múnich en enero de 2004. En ese debate que mantuvieron el teólogo
alemán y el filósofo de la Escuela de Fráncfort, epígono del
marxismo, acordaron que razón y religión debían curarse mutuamente
–así lo decían– de sus respectivas patologías. Por un lado, la
razón debe evitar que la religión caiga en los excesos del
fanatismo y del fundamentalismo en los que en ocasiones ha caído.
Pero además también la razón ha cometido serios errores al
separarse de la religión. Es la razón moderna, la razón
racionalista, valga una vez más la redundancia. Los sueños de la
razón producen monstruos, pintó Goya. La razón moderna ha
producido monstruos como Auschwitz, Hiroshima o Chernobyl. Por eso la
religión puede corregir la hybris, el orgullo y los excesos
de esta razón cerrada. Esta mutua implicación, este feed back,
esta retroalimentación entre fe y razón puede producir todavía
interesantes frutos también en el futuro. Esto también aparecía en
el discurso de Ratisbona del papa Benedicto XVI.
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